Tu voz, tu voz de nuevo,
pero en retiro.
Otra vez la distancia,
pero feroz:
un punzón
de silencio que persiste.
Ya lo sé, no me hicieron para nadie,
no fui hecho para mí.
(Febrero de 2009)

Tu voz, tu voz de nuevo,
pero en retiro.
Otra vez la distancia,
pero feroz:
un punzón
de silencio que persiste.
Ya lo sé, no me hicieron para nadie,
no fui hecho para mí.
(Febrero de 2009)
Esperaba un golpe de noche
como sol oculto de miedo
o la sombra de los enormes ojos
que me miran desde tu cara
La tarde se fue
entre las sábanas inauditas huyó
permanecí sin la armadura
de tu cuerpo sobre mí
En el café todos miran
tiran fotos
no sacan sus ojos
fuera del corazón
o leña ceñida por el fuego
y el corazón mío se extraña
Promovía anoche todo-el-ocio
todo el olvido para que encajara
el dolor en la garganta
(mientras
tu distancia)
Ahora la pereza
se me apila en el cuerpo
ya no puedo quedar alegre
remoto de vos
La casa
se quedó
sin aire
después de
tu boca,
ya lejos.
No veo
con mis ojos,
ajenos ahora,
balcón abajo
después de
tu mirada,
ya lejos.
Ahora,
ya,
muy lejos
del principio,
tus manos,
en mi cabeza,
tocan un rostro
que creés mío,
ya pleno
de tu pasado,
perforado
por el hierro
de tu primer
tiempo.
Con miedo
froto unas
manos extranjeras,
brazos prestados
con temor
a la memoria
del cuerpo
bajo mi boca.
Todo
lo vendiste,
allá afuera.
Quedaron
los saldos
de tu sonrisa
alguna vez
aquí encendida.
Tener un hijo tal vez signifique algo así como tener una “bioetimología”.
Cuanto más inteligente soy, menos voluntad ostento. Esa amenaza de la pereza atenta contra el principio de una obra digna.
Mi deseo al escribir un libro y eventualmente publicarlo, consiste en hacer vivir una historia. No pretendo dar ni dejar un “mensaje a la humanidad” que luego sea intepretado. Y no aludo sólo a los críticos profesionales, sino a cualquier lector. No sirve interpretar una narración, mucho menos un poema; extraer, a la fuerza, uno o varios significados y sentidos que no tiene porque sencillamente los textos no fueron concebidos como piezas monolíticas significativas. Una ficción o poema es útil cuando ayuda al lector a ver o descubrir asuntos íntimos de la vida y la Maravilla que antes permanecían ocultos a su percepción. Por eso no me interesaría un público de meros “lectores-intérpretes” sino, más bien, un grupo de vividores, de aprovechadores de textos, de vidas ajenas.
Expresiones como “¡Qué mundo de mierda!” pertenecen a la categoría de las más lúcidas y veraces. Sin embargo, “¡Qué mundo rico y hermoso!” también.
Los artistas y escritores somos hombres feos y, a la vez, niños lindos.
Existe un centro de gravedad afectivo-emocional que en los hombres medios comunes parece mostrarse balanceado. La mayoría de los seres que hicieron algo importante dentro de la creación artística tenían ese centro desplazado. Bien desplazado.
La locura es hermana de la creatividad y el genio. Es su hermosa y maligna potencia, su combustible y, a la vez, su perfecto motor. Lo que una “comunidad” lingüística dominante de hombres medios comunes llama “loco” tiene una compleja clasificación. Pero bajo torpe supuesto de que podamos reducir esta cladística y dejar sólo dos ramas, dos tipos de “locos” sobresalen: los “locos-estúpidos” y los “genios-creativos”. El loco-estúpido no aprendió (ni le enseñaron) a subirse a la máquina creativa que lleva en su cerebro. El “genio-creativo” la conoce, la monta y la convierte en arte, y hasta provoca, desde la marginalidad de su “locura”, revoluciones en el corazón de la sociedad de los hombres medios comunes.
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