De la escritura como celebración


Y bien, sucede que la seriedad, cuando es el único cauce por el que ha de discurrir el alma, resulta serle demasiado estrecho; su aliento no cabe en ese mezquino corset, ni se contenta con las pequeñas expansiones que le dispensan los entretenimientos, las artes jocosas y las prácticas deportivas, todas ellas especiales de rutinas dominicales que, en vez de oponerse a las rastreras labores de los días de semana, constituyen su más melancólico complemento. Ella sabe, en lo muy íntimo de sí, que esas instituciones del decir y del hacer no son, contra lo que parecen, la verdadera realidad, y que esta, la verdadera realidad, sólo se instituye mediante una invocación que presenta lo nombrado en su más grande esplendor. En esto consiste el modo celebratorio del lenguaje; en —por ejemplo— traer a la existencia, mediante un acto de palabra, “…tu casa, tu vereda y el zanjón/ y un perfume de yuyos y de alfalfa/ que me llena de nuevo el corazón.”
Se entenderá sin duda que cuando así se habla o se escribe, la falta de seriedad que acusa el lenguaje no es un defecto, como si se tratara de frivolidad, sino que es una virtud, y una virtud de hondura. Que es así, se advierte en que la palabra celebratoria, en su grado más intenso, es la única que alcanza la dignidad del silencio en el que irrumpe. (“De la escritura como celebración”. Samuel Schkolnik. © La Gaceta de Tucumán, 13 de mayo de 2007).

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~ por Jorge Concha Lozano en mayo 14, 2007.

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