Circuitos de felicidad (Novela, 2007)

Fragmento del primer capítulo de mi última novela, Circuitos de felicidad

“Quien quiera saber qué es el hombre,
que examine la nómina de objetos
de consumo masivo”.
                         SAMUEL SCHKOLNIK

Disculpe pero no puedo ayudarlo. La respuesta le comió la paciencia. La interrogó con mayor aceleración. Lo sorprendía la velocidad con que las letras se imprimían en la pantalla. Leyó: lo extraño, pedazo de piedra. Le gustaba que su amante lo tratara de usted. Las manos llegan después de las teclas, pensó. El vértigo, el vértigo comenzó a abismarlo. ¿Y el piso? ¿Dónde está el piso?, repetía. Los dedos agitados se rendían en el teclado. Los observaba con sorpresa: se movían y movían. Su mirada captaba sólo algunos de esos movimientos. Unos en su imaginación, otros en la “realidad”. El trayecto de su pensamiento se multiplicaba. Captaba extrañas zonas de la realidad que no había logrado siquiera rozar durante sus mayores vuelos con marihuana. ¿Qué es esto? ¿A dónde van las manos, el cuerpo?, preguntó. Y siguió: dónde me siento; porqué el pensamiento rueda, salta, cae por la pendiente. Se sentía con energía para saltar, correr, bailar. Se reía en medio de la perplejidad. Volvía a la pantalla. Sin vergüenza, respiraba profundo, ofrecía el pecho a la pantalla: se hubiera sacado la camisa, desnudado en medio de los adolescentes de pelo veteado y con granitos en la cara con voces que zumbaban con tenacidad nerviosa al borde de sus orejas. Yo también te deseo, deseo tu cuerpito tenso…, escribió Juan Pablo. ¡Me encantan las cosas que decís!, leyó. No había probado cocaína desde que su médico le dijo que era veneno peligroso para su cerebro imprevisible: no necesitaba una sobredosis para que su corazón se le endureciera y parara en medio de la felicidad y el poder infinito. Su cabeza, de la nada, se excitaba con drogas internas, cascadas de adrenalina, dopamina, norepinefrina… La ventanita del Messenger lo esperaba. Ahora los dedos se desplazaban como las patas de una araña sobre el teclado: ¿Podrías perdonarme que no te ponga el corazón en las manos cada vez que mis brazos te aprietan? ¿Que no me saque la ropa de las palabras, que no te diga que no tengo un cuarto sin vos, que sos el huequito de tierra donde voy a meterme cuando muera? ¿Me perdonarías no disculparte la locura; no decirte, cuando el corazón se queja y levanta la pregunta de las cejas, que me tragués la cabeza, los pies, las ganas de hacer todo ya, la cantidad de manías incómodas que soy? La mujer contestó: Sin palabras, Juanpa… Preguntas en la cabeza de Juan Pablo se ramificaban y la energía, la seguridad lo dominaban: hoy nadie podría decirle esas cosas a una mujer, pensó. ¡Menos en el Mess! Atendía lo que la pantalla le decía, pensaba en Nico, en su esposa Elena, en el cuerpo tenso de Paula (del otro lado de la pantalla), en las teclas, las computadoras, su celular, las teclas. Sonrió. Soltó una carcajada. Su respiración se volvió cortada. Ya no podía apoyar los pies sobre el mismo lugar. Un chico lo miró: murmuró algo; sus amigos, con él, tiraron una carcajada al aire. Tengo que irme, tengo que irme, bye, besos, me aprieta el gañote la distancia…, tecleó. ¡Esperá, esperá, no te vayás, porfa, un segundo! Cerró la sesión. Me aprieta el gañote la distancia, repetía. Tenía que desconectarme, sí. Los ojos, de golpe, se le hincharon: un nudo de tristeza le envolvió con púas su garganta. La pantalla se deformaba: las lagrimas se apoyaban sobre el teclado. El chico que lo miraba y sus amigos ya no se reían. No comprendían al superhombre que lloraba. Juan Pablo buscó a su hijo. Se quedó sin fuerzas. Alzó el pecho, se secó las lágrimas. El esternón se le hundía, las costillas presionaban sus pulmones. Los hombros se le cayeron. Vamos, Nico, vamos, dijo. Miró hacia la salida: no quería que su hijo le viera los ojos empañados. Sacó una mano del bolsillo y abrió la puerta. Respiró el aire de la noche como pudo. Pensó en Elena, en el diario. Nico lo abrazó: gracias, pá, le dijo.

(c) 2007 Jorge Concha Lozano


 
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